Pasa el tiempo y las nubes en Honduras siguen ocultando el horizonte hacia el que se encamina el país. Tras los encuentros y las declaraciones a favor de la democracia y de apoyo al Presidente legítimo, Manuel Zelaya, con visita incluida a
Zelaya era uno de éstos, hasta que de pronto se dio cuenta de que en Guatemala, el Salvador y Nicaragua, amén de la mayor parte de los países del Cono Sur, soplaban vientos de reforma, tímidos y cautelosos, pero resueltos a cambiar el rumbo de una historia que hasta entonces carecía de interés. En Noviembre de 2008, estando yo en La Antigua, Zelaya hizo unas declaraciones en un periódico de Guatemala que ponían en evidencia su voluntad de sintonizar con principios y líneas de acción sensibles a la realidad de una sociedad marcada por la injusticia y las desigualdades más pavorosas. El periodista le preguntó: “¿no cree usted que con esa orientación puede soliviantar a quienes realmente controlan su país?. La respuesta fue contundente: “confío en mi país y en el nuevo presidente de los Estados Unidos. No quiero hacer una revolución, quiero que Honduras deje de ser el país que ha sido para convertirse en el pais de todos los hondureños”. La victoria de Obama le dio alas para pensar que podía levantar el vuelo, poniendo en marcha una alianza con los países del ALBA, liderados por el singular presidente de
¿Cometió un error convocando el referéndum no consultivo para la reforma constitucional de cara a prever la posibilidad de un segundo mandato? No. Todos sabían que ese referéndum era testimonial y no podía alterar las reglas del juego salvo que el Parlamento decidiera revisarlas. Ha sido quizá un farol, un intento voluntarista de aproximación al pueblo adormecido, aunque se haya convertido en el pretexto utilizado por los milicos para ponerle de patitas en la calle y dar un golpe de Estado antidemocrático sin paliativos. Han vulnerado la ley y han retomado el viejo estilo de las repúblicas bananeras de toda la vida.
Pasa el tiempo y Zelaya sobrevuela el cielo hondureño o permanece en la antesala de los paises vecinos, a la espera de un regreso que se demora día a día. El que espera, desespera. Todo queda en manos de Oscar Arias, el costarricense sonriente que aplica su poder de arbitraje mediante una actitud de equidistancia hacia Zelaya y los golpistas. Un equilibrio de todo punto inadmisible, pues coloca en posición de igualdad dos hechos que no son comparables. De esa forma, la situación está encallada y se encamina a medida que pasan los días hacia la ratificación del poder golpista en la modesta casa presidencial de Tegucigalpa (en apariencia, la menos presidencial de cuantas puedan verse en nuestro mundo). Sólo una actitud de firmeza frente al golpismo puede resolver ese laberinto. Mientras perviva la tibieza o la predisposición voluntaria hacia una imposible solución conciliatoria, la suerte está echada a favor de Micheletti y sus secuaces.
En la imagen, perspectiva de Tegucigalpa, capital de la República de Honduras





















